sábado, 17 de septiembre de 2011

SEMIOLOGÍA E INTERPRETACIÓN EN LA DRAMATURGIA: OBSERVACIONES DE UNA CIEGA


“Nadie ha llegado a ser escritor estudiando la lingüística; pero los grandes escritores estudian los problemas de la lengua que utilizan.”
Umberto Eco


Semiología.- estudio de los signos

Semiótica.- (DRAE: 1899) parte de la medicina que trata de los signos de las enfermedades desde el punto de vista del diagnóstico y del pronóstico.


Unos días atrás, mi pareja sugirió salir a cenar por ahí, luego de sus clases. El ensayo que tenía yo programado para la tarde fue frustrado por la basta ausencia de sus integrantes;  y sin más,  debí esperarlo. Estando aburrida, empecé a  rebuscar en la biblioteca. Así, esa tarde decidí leer sobre un tema que no revisaba hace mucho, decidí abordar la semiótica teatral. Esa noche, luego de cenar, empecé a rebuscar algunos otros textos, ampliándoseme el panorama del tema que hoy comparto brevemente.

Empecemos. La pregunta en el aire sería ¿qué tiene que ver, según el concepto propuesto al principio, la semiótica con la medicina?

Señores, si les interesa la semiótica, debe interesarles el signo ofrecido y remarcado en negrita, porque como diría algún jovencito faltando a toda lógica idiomática: no es por las huevas.

Fue sino en 1984 cuando la Real Academia Española añadió una segunda acepción a SEMIOLOGÍA, reportando tímidamente: (…) //estudio de los signos de la vida social.

Pero en 1989, el Diccionario Manual, el cual circula libremente por manos de academicistas de la lengua, incluso con mayor aceptación que el DRAE, se animaba a emplear como único concepto de semiología: estudio de los signos dentro de la vida social, acepción que se conserva hasta hoy, afectando obviamente la concepción primigenia de semiótica.

¿Por qué evoluciona un concepto? Por el uso y desuso, eso es claro. Pero es también triste para quienes sentimos agrado por el estudio del idioma, cuando se pierde la esencia de los vocablos justamente por esas evoluciones.

Retirándome el luto, es en este fenómeno, nacido como materia de investigación en época contemporánea aunque con raíces arcaicas referentes al sentido, en que se encuentra inmerso todo agente de la comunicación, incluyendo al dramaturgo-actor (emisor-canal y emisor al mismo tiempo), y al lector- espectador (receptor).

Dentro de este proceso de retroalimentación se genera además un constante debate sobre el carácter de la interpretación y la sobre interpretación.

Para que exista semiótica deben existir signos, y para que éstos cobren existencia debe haber alguien que los decodifique, es decir, los interprete. Este razonamiento parece lógico y hasta absurdo por la simplicidad que aparenta revelar, pero implica una basta teoría al derredor. Empecemos por lo más simple.

Interpretación es un término polisémico que prefiero tomar en este caso como sinónimo de traducir o deducir el hecho en cuestión a partir de leyes, usando apropiados datos contextuales (Bernardi: 1994).  Tómese en cuenta que no todo dato es tangible. Un enfoque pragmático permitiría establecer experiencias sensoriales generadoras de  conceptos propios en cada individuo.

Sontag tituló un artículo suyo En contra de la interpretación (1964) en el cual manifestaba que la interpretación es una hipertrofia del intelecto en contra de la capacidad sensorial. Según dicho concepto, al acoger la definición de interpretación como un proceso de traducción mediante el cual se busca comprender la intención equivalente de una materia, es necesario no descuidar la posibilidad que, en la medida que se excava se puede destruir la esencia del texto.

Para la investigadora (Sontag), si al interpretar únicamente nos centramos en descomponer los elementos de una obra  artística, perdemos el valor de su composición, que es quien la hace y da valor de arte. En conclusión, interpretar es comprender la intención equivalente, y ésta sin embargo no existe puesto que toda persona no debe limitar el goce de sentir la función y trascendencia del arte. Incita a regular la excesiva atención del contenido con el fin de permitir que la descripción formule un análisis de la forma, y no del significado. La transparencia, afirma, facilita la realidad de la obra, el sentir.

La trascendencia de una pieza dramática escrita implica la pericia con que el dramaturgo conjuga una serie de elementos de  composición: forma y contenido. Aunque una obra es su contenido, o no es arte (Sontag: 1964).

Entonces ¿Es necesario o no el manejo de la semiótica para el dramaturgo? Y si la emplea ¿Será acaso el culpable de atrofiar la capacidad sensorial del lector por solicitarle descubrir una serie de significados?

Para traslucir un dato dentro de un diálogo hace falta astucia. Alguna vez oí decir que consiste en permitirle al lector olvidar que hay alguien que pensó antes, conducir sus emociones y pensamientos.

Existen incluso quienes como J. Culler (ECO: 1997) consideran la sobreinterpretación como una forma de desarrollo del intelecto, por permitir la exploración de mundos imaginarios; que si bien se escapa de los asuntos necesarios de un análisis coherente, no resultaría tan absurdo para las actividades de disfrute de todo lector de literatura.

La siguiente frase de Umberto Eco me proyecta una luz conciliadora entre ambos conceptos que encabezan el título de este escrito:

<< La contribución de la semiótica al teatro es mínima: este último descubre por sí mismo sus propios principios gracias a una inventividad natural y espontánea (...)  Pero lo que a mí respecta, creo que al igual que la espontaneidad inventiva alimenta la reflexión científica, también la reflexión científica puede dar mayor fuerza a la invención. >>




ARCHIVO DE LA AUTORA// CREADO: el 20/JUN/2011


Julia Grecia Monge

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